La Casa Guayasamín en el corazón de La Habana Vieja se convirtió en el escenario de un encuentro artístico excepcional: “Ciudades Infinitas”. Esta muestra binacional unió los pinceles del maestro ecuatoriano Miguel Betancourt y el artista cubano Javier Barreiro, en un ejercicio de introspección sobre el fenómeno urbano como un organismo vivo y en constante transformación.
Ambas ciudades, Quito y La Habana, hermanadas por su título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, sirven de punto de partida para dos ópticas que convergen en la construcción: la de Betancourt desde una lírica de la memoria y la de Barreiro desde una propuesta de denuncia social.
El concepto: Abigarrar y Aturdir
La curadora cubana Beatriz Hernández describe la sinergia de ambos artistas bajo conceptos que desafían al espectador. En estas obras, la multiplicidad de elementos heterogéneos y la superposición de capas crean un efecto de abigarramiento. No hay repetición esquemática; hay un ecosistema de formas que nunca se agotan.
Como señala Hernández:
“Para un espectador que mira las obras por primera vez, enseguida se remite a esos conceptos de la ‘ciudad infinita’, de una ciudad que sobrecoge a quien la observa y vive… un fenómeno vivo y sociocultural.”
La Ciudad como Metáfora de lo Infinito
Inspirados por visiones como las de Italo Calvino en “Las ciudades invisibles” o las huellas fragmentadas de Walter Benjamin, Betancourt y Barreiro presentan urbes que no son estáticas. En la obra de Miguel, el foco está en el patrimonio urbano de Quito, pero reinterpretado como una expansión sin límites, una “ciudad infinita” que se reconfigura en la mirada de quien la habita.
Esta muestra, que permaneció abierta al público durante dos meses, reafirmó que el urbanismo, más allá del concreto, es un espacio de posibilidades, memoria y movimiento perpetuo.


